Nota aclaratoria: Todos los textos y dibujos publicados en este espacio son creados por la imaginación aturdida de la autora. Todo es ficción. Cualquier parecido con la realidad...


viernes, 24 de abril de 2015

Silencio.

Es la primera vez que me pasa.
Mis relaciones siempre han terminado con un “vete a la mierda, no quiero saber de ti nunca más”.
Y fin, todos lejos y felices.
Pero contigo no pude liberar al demonio en mí y me quedé callada. Ese fue mi jodido error.
Basándote en esa reacción, has decidido creer que soy uno de los mejores humanos del mundo y te has quedado. ¡Qué bien! ahora somos amigos, y el hecho de haber pasado dos meses juntos, durmiendo calatos, hace que me tengas toda la confianza del universo.
Y ahí estás, contándome los nuevos problemas amorosos que aquejan tu vida y nublan tu tranquilidad. Es que tu nueva chica es, según tú, una inmadura egocéntrica, pero la quieres y ¿qué puedes hacer?. Me pides consejos y yo, estoicamente, he optado por seguirte la corriente y ser lo que quieres que sea. Entonces te respondo, te ayudo con la crisis, te suelto palabras alentadoras haciendo gala de todos mis genes de psicóloga en una madrugada cualquiera, y me admiras porque: cuánta madurez hay en mí.
Quiero gritar. Quiero (como toda chibola) eliminarte del feisbuk, borrar tu número de mi agenda, quiero chaparme al vecino en tu cara y preguntarte cómo te atreves siquiera a creer que tú y yo podemos seguir siendo amigos después de que preferiste estar con otra a estar conmigo. ¡¿Qué eres?! ¡¿un demente?!
Pero ya no puedo retroceder. Me doy cuenta de que, sin querer, me has convencido de algunas cosas. Así que inhalo, exhalo, y respondo con un efervescente “holaaaa” tu último saludo en el whatsapp.
Sí, carajo, soy especial. Soy el mejor ser humano del mundo.