Nota aclaratoria: Todos los textos y dibujos publicados en este espacio son creados por la imaginación aturdida de la autora. Todo es ficción. Cualquier parecido con la realidad...


domingo, 18 de diciembre de 2016

:)

Recorro los pasillos de Crisol con tres libros entre los brazos. Llegando a la caja veo entre las ofertas un libro que siempre he querido leer "Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce". Siento un cosquilleo entre las piernas, me vengo, pienso. Levanto la cabeza y me divierto pensando que todas las personas que se cruzan conmigo ignoran que justo ahí, en la paciencia de su mirada, se me está humedeciendo la trusa. Pienso que este mini orgasmo es el preámbulo de la paja memorable que me voy a hacer llegando a mi casa, pensando en cómo me vine anoche con J. y cómo ese recuerdo intensifica ahora mis placeres cognitivos. Saco mi tarjeta de crédito. Ya sé que había dicho que no la volvería a usar pero hoy soy una persona feliz y mis actos están atados al significado de esa condición; lo siento hermanos, pero nada puedo hacer para liberarme de la lujuria y la negligencia. De todas formas no me dejaré llevar eternamente por el disfraz de los trastornos glandulares, volveré a ser una persona honesta cuando mis niveles se restablezcan y en ese futuro absurdo y lineal nada de lo que tengo ahora podrá volver a hacerme feliz. Yo seré el vacío y tu serás mi fiesta.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

T.

Si pudiera, si me dejaran, tendría toda la plata del mundo.
Ese día iría a buscarte y tú te reirías de mí, me llamarías "capitalista", reducirías hasta las cenizas mis facultades intelectuales con tu sabiduría multidimensional, pero yo, necia, seguiría eligiendo tener toda la plata del mundo. Entonces podría llevarte lejos, a un lugar más grande y lindo en donde no existan escaleras de caracol que te quiten tiempo o vecinos obesos que escuchan muy fuerte la televisión. Si tuviera toda la plata que ansío tener, podría llevarte a nuevos conciertos, ¿te imaginas? verías a todas las bandas del mundo y estarías siempre sonriendo y llenándote de nuevos y mejores recuerdos. Pagaría todas tus deudas y haría lo que fuera necesario para sacar adelante tus proyectos, te ayudaría a ser el mejor escritor, el más grande guionista, el actor sonriente parado delante de la chica ebria que le canta una canción. Te llevaría a muchos lugares para que la vida se te haga grande y te llenes de ambiciones y metas que puedas alcanzar con solo desearlas, y en la noche pediría muchas cervezas en algún bar para quedarme contigo bailando más tiempo antes de empezar alguna pelea que nos separe nuevamente, porque al final ni los más necios del mundo tienen lo que tanto desean.

miércoles, 5 de octubre de 2016

La rebelión de los objetos.

Una extraña rebelión me sujeta los pies. La tecnología me quiere dejar en claro que mientras este mundo siga evolucionando en favor de las máquinas, yo nunca, pero nunca, tendré el control de mi vida.
Ayer comenzó. El router fue atacado por fuerzas involuntarias (uno de mis gatos) y salió volando. Ahora permanece muerto, oculto tras la sombra del gran estante que ocupa toda la pared de la sala. Entonces hoy, como no tengo internet, leo. Leo un cuento de Kafka. Es la descripción de los once hijos de un hombre anónimo. A mí eso de no saber quién es la gente me da un poco de angustia, ansiedad más bien, pero igual me entretengo. Me quedo pensando en el último hijo, el más débil, el que sueña con volar lejos y llevarse al padre en los hombros.
Rodrigo me llama. Hay una urgencia y tengo que enviar un diseño en media hora, ¿cómo hacemos?, me dice. Pues, no sé, no sé cómo hacemos.
Me levanto rápido para buscar a algún amigo que esté en casa y pueda prestarme un espacio para ir un rato a trabajar. La pantalla táctil de mi celular lleva días respondiendo de forma lentísima y me demoro un minuto y medio aproximadamente en escribir la palabra "hola". Luego de una batalla bastante dramática con el aparato ese, por fin logro comunicarme en lenguaje casi primitivo con un amigo que vive cerca y voy para su casa. Son las 2 de la tarde y a las 7 debo estar en la graduación de mi hermana. Trabajo a velocidad maratónica, envío mis pedidos, respondo correos, analizo semioticamente cada capa de imagen trabajada, miro la hora constantemente y a las 5 salgo corriendo en dirección a mi casa para bañarme y salir nuevamente. Llego y entrando nomás me doy cuenta de que tengo hambre. Me meto un pan frío a la boca y abro el microondas para calentar café, pero el microondas no se prende. Reniego y busco el cable del enchufe, pero el cable del enchufe está ahí, perfectamente conectado. Entonces pienso que esto solo puede obedecer a una razón... prendo el foco de la cocina y no pasa nada. No hay luz. Se ha ido, le digo en voz baja a una persona invisible parada frente a mí. Camino lentamente por la casa, pensando y esperando, ya va a venir, debe ser una falla momentanea. Ya va a venir. Pero no viene y los minutos pasan más rápido que nunca. He regresado al pasado, la telefonía móvil 4G es un sueño pendiente en la cabeza de alguien, es fines de los 70, la luz es Joanna y esto es Kramer vs Kramer. La tecnología se me rebela en conspiración con el cosmos. "La rebelión de los objetos", Saramago siempre tuvo razón, los sucesos no ocurren de manera casual, no exiten los accidentes, todos los objetos del mundo tienen un alto nivel de conciencia, una energía propia, nos conocen, nos ven, saben nuestros nombres y nuestras debilidades, hoy vas a caer, me dice la pantalla negra de mi celular, hoy caes.
Pero yo no soy cualquiera, yo soy una mujer terca con mañas de clasemediera tercermundista, así que hacen falta más cosas que las luces parpadeantes de los aparatos electrónicos para detenerme. Además he visto todos los capítulos de Doctor Who. Caliento agua en la tetera y busco una tina grande. Así, a la antigua, como se baña la gente en los caserios de la sierra, como baña mi amiga Milagros a su hija de 2 meses mientras le agita de vez en cuando una sonaja para que ella pueda relajarse y sonreir imaginando sabe dios qué cosas con ese cerebro nuevecito. De la misma manera me baño yo ahora, pero con prisa y con la imaginación ya muy contaminada. Salgo de la ducha mojando la madera del piso. En otro tiempo mi mamá me hubiera hecho secarlo, pero ahora tengo libertad para destruir y/o construir sobre lo que mis padres alguna vez creyeron suyo. Unos cuantos años y somos nada...
Levanto la mirada para ver la hora y me doy cuenta de que el reloj también se ha parado. Esto sí no me sorprende. Me hace sonreir. El reloj lleva parado varios días pero nunca me importó, habiendo tantos lugares en los que uno puede ver o escuchar la hora dentro y fuera de su casa, ¿qué demonios importa un obsoleto reloj de pared lleno de polvo?. Importa mucho hoy que la pantalla de mi celular se rehusa a condecender a la fuerza de mis dedos. Pantalla insumisa con 5% de batería.
Quiero ser un gato, pienso mientras corro en dirección al paradero estirando el brazo para que me vea el chofer de la combi. Quiero ser un gato en New York, la mascota peluda y vagabunda con cara de no me toques imbécil de Madame Chiang Kai-shek, entonces nunca tendría que detenerme a ver la hora, ni cargar mi laptop, ni humillarme ante mi celular. Toda mi vida se resumiría al Credo quia absurdum.
Subo a la combi con la sensación de que he triunfado. A pesar de todo voy a llegar a mi destino a la hora programada, le he ganado a la rebelión de los objetos me digo complacida y no puedo evitar sonreir. El cobrador se acerca y yo meto la mano en mi cartera solo para darme cuenta de que mi monedero no está ahí. Me lo imagino entre las sombras, estático en algún lugar de mi casa. Miro por la ventana. El carro avanza. Quiero ser el perrito huesudo en la bolsa de Paris Hilton, quiero ser Paris Hilton...

lunes, 18 de julio de 2016

Almost blue

Me estoy dibujando y siento que soy una persona sin identidad, un ser ficticio. Es que los ojos. Los ojos me han salido extravagantemente redondos y el pelo... el pelo negrísimo, espectral, tonos muy virados al verde además. Más que un autorretrato parece una interpretación libre de la fauna salvaje hecha por un pintor amateur impresionista. Bien mirado, creo que no me parezco a mí. Más bien eres tú. Eres tú, jodidamente. Me siento en el piso, cierro los ojos y me dejo enternecer por algunos pensamientos. Me digo que, sin saberlo, siempre te he esperado (no fue buena idea pintar escuchando un disco de Chet Baker), a pesar de que antes no había percibido de manera consciente la nostalgia que me guiaba todas las tardes a la ventana y me hacía mirar detenidamente la avenida, inhalar ese viento frío, recostar medio cuerpo en el sillón como quien sabe que solo se va a quedar un ratito y mejor no se acomoda.
Pero basta, lo que importa acá es el concepto. Aunque los conceptos de mi vida hace tiempo se han apastelado y difuminado y ahora hay una sola palabra que me encierra. Una firma ininteligible. Ese pedacito de garabato diminuto y arrinconado sí que soy yo. Almost doing things we used to do... canto bajito. Me pongo en cuclillas y me subo el jean para levantarme de un solo impulso. Pero algo falla, las maderas bajo mis pies traquetean inconstantes y me hundo, me voy hacia atrás como un animal que cae torpemente en una trampa. There's a girl here and she´s almost you...


https://www.youtube.com/watch?v=z4PKzz81m5c


jueves, 31 de marzo de 2016

Palomas.

Recuerdo el día que te cagó una paloma en la cabeza. Estábamos caminando por la avenida con los chicos de la universidad, íbamos como siempre a comer al mercado de Surquillo porque era buenazo, barato y servían un montón. Nosotros nos habíamos quedado atrás conversando y de repente noté que te movías de manera rara. Cuando te miré tenías una especie de torta blanca en el pelo y te limpiabas apurado y nervioso. No pude contenerme y me reí estrepitosamente mientras tú te ibas desesperando más, cállate pues huevona, si se dan cuenta me van a joder un culo. Tuve que respirar hondo y callarme, no quería que se burlaran de ti. Tengo esa imagen acá (y me doy toques en la cabeza). Te veías tan tonto, tan tierno. Saqué un pedazo de papel higiénico arrugado de mi mochila y te lo pasé por el pelo. Fue lo más cerca que estuve de cuidarte, de protegerte como a un niño. En la noche, saliendo de la última clase, le contaste a los chicos que por la tarde te había cagado una paloma pero que ninguno de ellos se dio cuenta y te reíste, porque a esa hora ya habías logrado evadir la burla pública y te sentías más chévere que el resto.
Después ya no hubo nada. Una amistad linda que no pasó de eso, miradas cómplices, gileos de madrugada que terminaban en bromas estúpidas, recuerdos de caricaturas de los ochentas, y una declaración a medias que no llegó a tener respuesta.
Ahora, diez años después, me compro un vestido para ir al bautizo de tu primer hijo. Camino buscando un regalo y me pregunto cómo sería la vida si nos hubiéramos enamorado en ese trayecto de caminatas interminables y latas de cerveza mirando la playa mientras nos contábamos los secretos familiares que habían ocasionado nuestros traumas adolescentes. Cómo sería todo si hasta ahora estuviéramos juntos y fuera yo la que se sienta en la mesa de tu departamento a sacar cuentas contigo y recordar los apellidos de nuestros amigos de toda la vida. Los más memorables, los mejores. Me halaga estar en esa lista. Compro un regalo lindo para Gabriel y un vestido sobrio para mí y te envío un mensaje confirmándote que recibí la invitación y que asistiré puntual a la iglesia pero que solo podré quedarme un ratito al almuerzo porque tengo una reunión a las tres. Me respondes casi inmediatamente para decirme que estás feliz de volver a vernos a todos y que ese día es aún más importante por esa razón agregada. La charla se acaba rápido y yo tomo un taxi de vuelta a mi trabajo y recuerdo también que cada vez que te molestabas fingías parar un taxi y yo corría a retenerte con un abrazo aunque sabía que no te ibas a ir porque en el bolsillo solo tenías dos soles y un par de cigarrillos medio doblados. Desde eso ha pasado tanto. Me gusta saber que el tiempo te ha traido una buena vida y que a diferencia mía (que hasta ahora no sé a dónde voy), estás estable, tranquilo, enfocado.
La calle está despejada y llego al toque.
- ¡¿Te has comprado un vestido?! Pregunta Andrea cuando me ve entrar a la oficina.
- Sí, respondo, tengo que ir a la iglesia el sábado porque... 
- ¡Te casas!
Siento cómo se me va el aire y tengo que apoyarme en una silla para reponerme. Estúpidos golpes bajos...

lunes, 15 de febrero de 2016

Neurotransmisor

Miro con detenimiento el techo de mi cuarto y noto que las líneas de pintura resquebrajada dibujan un tiburón y una manta raya. Bien, otro gran momento de la noche.
Nada como la felicidad post-orgásmica y el cosquilleo blando de los músculos regresando a su lugar. Soy víctima de mis reacciones fisiológicas y sonrío sin poder evitarlo. Estoy infestada de dopamina.
Me envuelvo en el edredón y doy lentos giros en mi cama, de izquierda a derecha. Muevo y estiro las piernas suavemente. Los ojos se me cierran.
Me despierta él, que ha regresado del baño y ahora se está cambiando.
-Te has demorado un montón- le digo
-Es que me quedé acariciando a un gato y después se me acercó otro. Creo que así, calato, no me tienen miedo.
Yo me río porque sigo feliz y porque él a veces es tan dulcemente idiota. Vuelvo a cerrar los ojos y entre nubes escucho su voz diciéndome algo sobre unos Tortees. Luego se acerca y me da la almohada que siempre abrazo para dormir y que con el alboroto había salido volando. Se despide y yo finjo estar dormida. Escucho sus pasos alejándose y el tintineo de los ángeles de cerámica que cuelgan de la puerta. Ese sonido, el de alguien yéndose, siempre ha sido uno de mis favoritos.
Estoy contenta porque sé que pasaré los siguientes días enamorada de un recuerdo poderosamente bello y seré una mejor persona por su causa. Más sonrisas comprensivas y menos estrés reactivo para con mi congéneres. Estoy infestada de dopamina.
Vuelvo a mirar la fauna marina del techo y pienso en la belleza situacional del universo, luego se me vienen a la mente cosas como las paredes del cuarto de Basquiat y La Capilla Sixtina. Me río. Me duermo sonriendo.


sábado, 23 de enero de 2016

Calata mood

Son las once. Tú estás en tu casa con una pijama secreta. Raquel duerme y yo leo. Me pongo reflexivo. Estiro el brazo para coger la taza de café y rompo un espejo irresponsablemente olvidado en la mesa de noche. Hago añicos todos los buenos presagios puestos en mi matrimonio.
Estoy lleno de recuerdos y datos imprecisos. En las noches me da por acordarme y no quisiera no batallar solo. Quisiera compartir algunas de mis memorias contigo y saber tu valoración de las mismas. Por tu carácter, sé que sabrías aportarme objetividad. Sobre todo en momentos como este, en los que no llego a ninguna conclusión lógica porque no puedo dejar de pensar en tu pijama secreta. Soy muy curioso. Soy un adicto a las pijamas de mujer en verano. Y al rivotril. Pero eso ya lo sabes, es cuento viejo. Tu interés en esa información en una escala del 1 al 10, probablemente sea de 2. Siendo generosos.
Esas cosas te aburren porque, en realidad, no te caigo tan bien, solo me soportas.
A esta hora ves películas, tratas de hacer yoga o fumas un cigarro en la ventana de tu cuarto, pero nunca, bajo ninguna suplica, te tomas una foto para mí. Me dejas todo el tiempo imaginándote la postura, la sonrisa. Y bueno, también la ropa interior.
Me escapo del cuarto y pongo el disco de Sweet Smoke que me regalaste. Te imagino ahora china, muy china, bailando y sonriendo con tus dientes grandes.
Te escribo preguntándote si puedes hablar un rato y me respondes que estás caminando por la calle y que podrías tropezar. Te digo que es la choteada más rara que me han dado en toda la vida y por ende la más humillante. No respondes, solo te ríes como de costumbre con excesiva amabilidad.
Creo que me soportas mejor cuando no tienes nada que hacer y estás en casa, en pijama y despeinada. Pero tu mejor humor para hablar conmigo siempre es bien temprano, cuando sales de la ducha y te estás alistando para ir a trabajar. Así, en calata mood, nunca me has rechazado.


martes, 5 de enero de 2016

Una cerveza, por favor.

Le digo que no me gusta el ceviche, con cara de asco. Pero estoy mintiendo. Acto seguido me sirvo un vaso de cerveza y me lo tomo de porrazo porque según yo tengo mucha sed. Pero con eso también estoy mintiendo. La verdad es que no quiero comer delante de él porque en situaciones como esta me pongo muy torpe y me da miedo que se me caiga la comida de la boca o se me manche el polo. Y estoy bebiendo desenfrenadamente porque necesito que el alcohol haga efecto en mí de una vez y se me pase el pánico.
Él está relajado, pide algo de comer, se sirve lentamente un poco de cerveza. Me mira a veces y sonríe, responde con monosílabos. Está concentrado en su comida, los hombres siempre son así cuando tienen hambre. 
Cuando termina de comer yo ya he bebido cuatro vasos llenos y las manos han dejado de sudarme. ¿Se habrá dado cuenta de que estoy nerviosa? Creo que voy bien. Siento que esta noche tendré buena suerte.
Ahora empezamos a conversar. Ya estoy más suelta, mas relajada. Hago chistes estúpidos sobre mí misma y las cosas que me pasaban de chibola cuando salía a beber con mis amigos de la academia. Él se ríe y también me cuenta anécdotas parecidas. Luego nos vamos dando cuenta de que frecuentábamos los mismos bares, que la hemos cagado de formas idénticas y que pensamos igual sobre los conflictos amorosos y amicales. 
Hay química. Si esta noche no terminamos tirando es porque algún cometa se desvió de su ruta y cagó mi destino, pienso. 
Han pasado un par de horas. Brindamos por no sé qué y respiramos un poco porque recién hemos dejado de reírnos de una anécdota graciosa sobre uno de sus amigos del trabajo. El viejo ritual de recordar las humillaciones de otros para llenar los vacíos de sobremesa se acaba. Nos quedamos en silencio y él se amarra el pelo. Le digo que cuando lo deja suelto me gusta más, entonces él sonríe y lo vuelve a soltar.
Sí. Hoy tiro, pienso nuevamente.